El canto gatuno

Cuentan que un joven fue detenido por los guardianes del rey en tierras lejanas y por razones que aún se desconocen. Su amada corrió tras ellos y al llegar a las puertas del palacio, pidió hablar con el monarca. Éste escuchó sus preguntas, más no las respondió. Entonces ella suplicó clemencia. El monarca concedió salvar a su amado de la muerte si cumplía una tarea.

—Debes hilar diez mil madejas de hilo y elaborar una hermosa tela de lino en treinta días. Si lo logras, el joven volverá a su hogar. De lo contrario, será decapitado. —Las palabras retumbaron en el recinto. La joven, con lágrimas en los ojos y angustia en su corazón, fue escoltada hasta la salida del palacio.

Al día siguiente, los enviados del rey llegaron a la casa de la joven con una enorme carga de madejas tan enredadas entre ellas que no encontró un extremo para poder desenredarlas, pero no se dio por vencida. Necesitaba encontrar una punta para comenzar a tejer la tela encargada por el rey. Las lágrimas salían de sus ojos cansados y mojaban las hebras, lo que hacía su labor aún más difícil. Así pasaron los días, sin que ella se detuviera.

Mientras, sus amigos gatos estaban extrañados por la ausencia de la joven. Durante los últimos días ella no había realizado sus paseos matutinos, no les llevó alimento, ni agua. Se preguntaron unos a otros y ninguno dijo haberla visto. Preocupados por su repentina desaparición, tres de sus amigos se acercaron a su casa. Con sorpresa observaron que se encontraba inmersa dentro de una montaña de hilos.

Prestaron atención a los movimientos de su amiga. Se dieron cuenta de lo que buscaba y de inmediato decidieron ayudarla. Cuando se acercaron ella los saludo con cariño, pero les pidió que se alejaran. Temió que aumentara el enredo de las madejas si intervenían. Ellos no hicieron caso y con la habilidad propia de los juegos que hacen a diario, se lanzaron dentro de la gran bola de hilos ante el asombro de la joven que no los pudo detener.

Llena de miedo ante el posible daño de los hilos gritó con cada salto que daban sus amigos gatos, pero solo sirvió de telón para sus acrobacias. La rapidez de los movimientos de los felinos hizo imposible alejarlos de los enjambres. De rodillas contempló cómo sus tres amigos entraban y salían de las madejas, entre suaves bufidos, gruñidos amistosos y juegos. Así transcurrió la mañana. Frustrada por los días en que buscó uno de los extremos sin éxito y ahora, al no poder impedir el juego de sus amigos, cayó desconsolada. Pronto se sumergió en un profundo sueño.

Al día siguiente se despertó, se secó las lágrimas que no dejaron de brotar de sus ojos durante su descanso y descubrió que los gatos habían desenredado las hebras. Asombrada comprobó que las madejas estaban en orden, con las puntas de cada una bien separadas del montón. Listas para ser hiladas.

Muy contenta acarició a cada uno de sus amigos felinos mientras éstos dormían agotados. Como un gesto de agradecimiento preparó alimentos, los despertó suavemente y se sentaron juntos a comer. Luego ella, bajo la atenta mirada de los tres gatos, sacó la máquina de hilar para comenzar su labor, no podía perder tiempo. Eran muchas las madejas que debía tejer.

La tarde se asomó y el cansancio volvió a su cuerpo. Sus movimientos se hicieron lentos, el tiempo pasó hasta la noche y el trabajo se ralentizó. Llegó la madrugada y la joven dejó a un lado la labor para dormir un poco. Con los primeros rayos del sol preparó el desayuno y regresó a la rueca, pero con el paso de las horas la fatiga de nuevo se apoderó de ella.

Los gatos la observaban y se preguntaban intrigados por qué hacía ese trabajo. De alguna manera desconocida por nosotros se enteraron de su importancia y la urgencia por terminarlo. De nuevo decidieron ayudarla. Comenzaron a emitir un sonido que imitaba el de la rueda. Uno de ellos dijo Prrrrrrrr, el otro siguió Prrrrrrrr; Prrrrrrrr el tercero Prrrrrrrr; Prrrrrrrr; Prrrrrrrr y volvieron a empezar.

Así la joven escuchaba:

Prrrrrrrr

Prrrrrrrr; Prrrrrrrr

Prrrrrrrr; Prrrrrrrr; Prrrrrrrr

Y siguió el ritmo con el pie del pedal de la rueda. Su labor empezó a fluir constante. La canción gatuna alegró el corazón de la joven y la ayudó a mantenerse atenta en la labor. Pasaron los días entre hilar, las comidas y pequeños descansos. Los rítmicos ronroneos no cesaron. Los ojos de la joven, aunque cansados, tenían brillo y su rostro una sonrisa dibujada, así terminó con su trabajo.

El día treinta llegaron los enviados del rey a buscar a la joven y el encargo. Se quedaron asombrados al darse cuenta que ella los esperaba con un gran envoltorio. Al llegar al palacio y mostrarle el trabajo, el rey se quedó asombrado al observar el tejido. Era el lino más fino y maravilloso que jamás se había visto en aquel reino.

El joven fue puesto en libertad y junto a su amada volvieron a la casa donde los tres gatos los esperaban. Al ver a la pareja repitieron Prrrrrrrr Prrrrrrrr Prrrrrrrr… en señal de bienvenida.

De alguna manera desconocida por nosotros los gatos del mundo conocieron ese sonido y lo repitieron para transmitir tranquilidad y alegría. También como una acción poderosa de curación y hasta para decirle al humano que es la hora de comer. Las personas llamaron a ese sonido ronroneo. Quizás el nombre lo sugirieron los tres gatos amigos de esa joven, en honor a las horas que ella le dedicó al hilado del lino acompañada del canto que ellos hicieron al imitar la rueda al hilar.
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Canto gatuno está basado en una antigua leyenda (anónima) que habla de cómo empezaron a ronronear los gatos, también tiene un poco del artículo «El ronroneo de los gatos» publicado en este blog y en mi propia experiencia, ya que soy una persona tocada por los dioses felinos y disfruto de sus ronroneos casi a diario. Texto e ilustración: RBoschetti.